Trazo, color y gesto son los tres ejes que organizan su práctica.
El trazo señala la llegada de una decisión. El color fija una temperatura emocional. El gesto transforma la descarga física en composición.
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El trazo
El trazo conserva la cualidad de una acción irrepetible. Una línea entra en la superficie con su propia velocidad, presión y grado de temblor. Puede sugerir una figura, atravesar un campo de color, abrir un vacío o desestabilizar la composición. En todos los casos, hace visible el momento de su llegada.
Como una nota pulsada en el piano, el trazo queda inscrito con su intención y su riesgo. Organiza, interrumpe, afirma.






En esta práctica, el error no existe como categoría. Lo que en otro contexto se corregiría se convierte aquí en el trazo más honesto de todos.
Color
El color construye atmósfera, intensidad y peso emocional. En algunas pinturas dominan los azules, verdes, grises o blancos, que producen contención, distancia o silencio. Otras traen amarillos, naranjas, rosas, rojos y negros con una energía más directa.
No es el color que se pensó. Es el color que se sintió.





Gesto
El piano exige precisión en un espacio acotado: las manos se mueven sobre un campo fijo. La pintura desplaza esa energía hacia una corporalidad más amplia, a través del brazo, el hombro, el torso, el paso hacia adelante o hacia atrás.
En el gesto la obra se vuelve más suya: una tensión entre control y descarga, oficio y vulnerabilidad, forma y exceso.





La pintura sostiene la frontera entre abstracción y figuración como una condición permanente, no como un problema por resolver.
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